Mis mujeres
Hay algo que he ido entendiendo con los años. Algo que nadie te enseña cuando estás creciendo, pero que la vida termina haciéndote ver con el tiempo… a quienes estamos dispuestas a verlo. Porque no todas las mujeres conectan con esto.
Muchas crecimos en un mundo que nos enseñó a compararnos, a competir, a sentir que el brillo de otra mujer podía apagar el nuestro. Y algunas se quedan ahí, repitiendo esa forma de relacionarse toda la vida, sin darse cuenta de que existe otra manera.
Pero cuando empiezas a verlo, ya no puedes dejar de verlo.
Empiezas a entender algo muy profundo: las mujeres somos medicina para otras mujeres.
Admiro profundamente a las mujeres, cada vez más. Admiro su resiliencia, su sensibilidad, su intuición, la forma en la que se levantan una y otra vez en un mundo que muchas veces no ha sido fácil para nosotras. Hay una fuerza en las mujeres que no siempre se ve, pero que se siente en todo lo que somos capaces de sostener, de transformar y de amar.
Nuestros cuerpos son pura magia. Son capaces de crear vida, de sostenerla, de traerla a este mundo. He crecido vida dentro de mí y todavía me cuesta entender la magnitud de eso. A veces lo pienso y me sigue pareciendo un milagro. Cómo algo tan sagrado puede pasar dentro de un cuerpo. El cuerpo de una mujer es un portal de vida, de luz, de creación.
Cuando pienso en eso, no puedo evitar sentir una admiración profunda por todas las mujeres. Por sus cuerpos, por su capacidad de crear (no solo vida), por su forma de sostener la vida y seguir caminando con una fuerza que muchas veces ni siquiera ellas mismas alcanzan a dimensionar, por su corazón, por su conexión emocional que a el mundo le cuesta tanto entender.
A veces siento que las mujeres son verdaderas diosas caminando por este mundo. Portadoras de una magia antigua, de una sabiduría que vive en nuestros cuerpos, en nuestra intuición, en nuestra manera de amar. Y cada vez que conecto con otras mujeres desde ese lugar, lo recuerdo todavía más.
Es una verdad que se siente más que se explica. Está en la forma en la que nos vemos cuando otra mujer está pasando por algo difícil. Está en esa intuición silenciosa que nos permite percibir cuando algo no está bien, hasta cuando no se ha dicho una palabra. Está en nuestra capacidad de sostener, de escuchar, de acompañar, de ser un refugio emocional.
Pero crecimos escuchando lo contrario. Desde muy chiquitas aprendimos a medirnos entre nosotras. Nos enseñaron a vernos como competencia en vez de como cómplices. A querer ser más bonitas, más flacas, más seguras, más como alguien más.
Sin darnos cuenta fuimos aprendiendo a observar a otras mujeres desde la comparación.
Pero la vida, con el tiempo, (si le das chance), te va enseñando otra cosa.
Te enseña que cuando una mujer brilla, no te está quitando luz.
Te está recordando la tuya.
Te enseña que cuando puedes admirar profundamente a otra mujer, muchas veces es porque esa misma cualidad también vive dentro de ti.
La admiración entre mujeres no es casualidad. Es reconocimiento. Es el alma diciendo: yo también conozco esa luz. Porque cuando las mujeres se encuentran de verdad, desde la autenticidad y el corazón abierto, pasa algo muy poderoso. Nos sostenemos. Nos recordamos quiénes somos cuando lo olvidamos. Nos acompañamos en momentos en los que la vida pesa más de lo que quisiéramos. Nos celebramos cuando algo hermoso pasa.
Las mujeres sabemos lo que es la incondicionalidad.
Sabemos estar en la alegría, pero también sabemos quedarnos cuando las cosas duelen. Sabemos acompañar procesos largos, escuchar historias repetidas, abrazar lágrimas sin necesidad de encontrar soluciones.
Sabemos amar sin condiciones.
Y con los años me he dado cuenta de algo muy personal.
Cada vez que la vida me ha puesto frente a un aprendizaje difícil, cada vez que algo me ha obligado a crecer de una forma que no esperaba, cada vez que me he sentido perdida o cansada… siempre termino llegando al mismo lugar.
A mis mujeres.
Son ellas las que me levantan cuando ya no tengo fuerzas. Las que me empujan a seguir trabajando en mí cuando es más fácil quedarme igual. Las que me recuerdan mi valor cuando se me olvida. Las que celebran mi luz sin miedo a que la suya desaparezca. Y nunca desaparece, solo se expande cuando estamos juntas !! Las que me dicen que me equivoque sin miedo. Son ellas las que nunca me dejan sola.
En un mundo que muchas veces habla del “amor de tu vida” como si solo pudiera ser una pareja, yo he descubierto algo diferente. Mis mujeres son uno de los grandes amores de mi vida. Las que conocen mis sombras y no me abandonan.
Cada aprendizaje duro que la vida me ha traído termina llevándome al mismo lugar: al círculo de mujeres que caminan conmigo. Ellas son mi refugio. Mi espejo mas lindo. Porque cuando una mujer encuentra a sus mujeres… encuentra algo muy sagrado. Encuentra un espacio donde no tiene que competir. Donde no tiene que demostrar nada. Donde puede ser completamente ella.
Y entonces entiendes algo que cambia la forma en la que ves el mundo.
Que juntas no solo nos acompañamos.
Juntas recordamos Y EXPANDIMOS nuestra magia… y la hacemos crecer de una forma loquísima.
QUE SUERTUDA SOY !!!


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